viernes, 4 de julio de 2008

Fragmentos de un artículo de Juan Ramón Jiménez sobre Antonio Machado


“ (…) Era corpulento, corpachón, sanguíneo y terroso, con algo de grueso troncón acabado de arrancar, y vestía su tamaño con unos ropones negros y pardos, que no se correspondían, chaqué nuevo, pantalón perdido y abrigo viejo, deshechos, equivocados, y se cubría con un chapeo de alas deshechas y caídas, de la época de su nombre. En vez de pasadores, llevaba en los puños del camisón unas cuerdecitas, y a la cintura, por correa, una cuerda como un ermitaño de otra clase (…) Nunca he podido explicar por qué Antonio Machado, que era o parecía sencillo en otras cosas (sobre todo en sus utensilios), hablaba engolado y como fingido, estraño actor de autor, como si siempre estuviera imitando o más bien parodiando a un ente de trastienda (…) ¿Su palabra sentenciosa y pedantesca era en realidad la de Mairena? (…) De todos modos parecía que no usaba su voz verdadera o que su voz verdadera fuera así. Recitando parecía un cómico de latiguillo y echaba la voz al fondo de la garganta pronunciando de modo diferente a la realidad. Siempre me extrañó la admiración que sentía por el empachoso y empolvador Ricardo Calvo, hasta el estremo de traérmelo para que me leyera bien mis propios poemas (…) A mi juicio su prosa no era superior a su verso, pero se le notaba más la inferioridad. Su prosa está tratada a la pata la llana y tiene el aburrimiento que corresponde a un empacho ancho sobre lecturas (…) Un humorismo profesoril y provinciano domina su sentenciar continuo, que no puede a veces librarse de maravillosos oasis de estraña visibilidad y clarividencia. Sus poesías, pocas y raras, nos parecían a todos lo mejor. Todos decíamos que era poeta estraño, huraño, filosófico, profundo (…) Antonio Machado el raro, y yo el esquisito. Villaespesa era, él lo decía a cada paso, el gran poeta del grupo. Manuel Machado, era general, considerado por la crítica superior a Antonio. En aquellos días, componía Antonio Machado “Del camino”, poemas entre “Galerías, espejos, soledades”, que yo ya sabía entonces que habrían de ser inolvidables para mí, entre todos los suyos y los nuestros, y que lo han sido, que eran y que son como la esencia remota, original, central de su alma, agua secreta de un pozo olvidado, con su solitario espejeo de luz y sombra, inéditos (…) El verso de Antonio Machado era, es, como se ha dicho siempre con rara unanimidad, tradicionalmente español aún en los momentos de mayor influencia del simbolismo francés o de Rubén Darío. Antonio Machado gusta más del asonante que del consonante y su metro mejor es la silva asonantada. El romance octosílabo lo usó poco y mal. En cambio, mucho el octosílabo aconsonantado. El alejandrino pareado lo considero lo más desdichado de su obra. Sus tesoros mejores siempre le salen en endecasílabos sencillos. Su poesía recorre toda una línea de poesía española llana y sensitiva, con altibajos de un paseante de campo sin cultivo (…) No estima la perfección, otra condición de la poesía general española. La influencia de sus contemporáneos pasa por él, con la excepción de Unamuno, sin él quererlo, Darío, Juan Ramón Jiménez (…) No creo que Antonio Machado entrase mucho en las catedrales o iglesias de los pueblos, Segovia, Soria, Baeza, donde vivió. Sus ideales eran de carretera y, con su paso sudoso y polvoriento parecía que encontraba el ritmo de su corazón. Acaso un espejismo del poniente, una cima nevada lejana, la tormenta. Tampoco un frecuentador de puestas de sol. Y un mar entre místico y dramático, como alumbrado de relámpago, extrañamente metafísico sin escesiva complicación ni comprensión (…) No creo que Antonio Machado ni ningún otro poeta, y hablo de los buenos, haya tenido nunca una filosofía, un sistema filosófico, ni se haya propuesto ninguna sistematización. Era metafísico y sentimental, por milagro, por iluminación (…) Cuando yo vivía en casa del doctor Simarro, no le gustaba a Antonio Machado venir a verme allí y solía citarme para leerme sus nuevos poemas en el Café de Gijón, Paseo de Recoletos. Una tarde me dijo, con gran secreto, que iba a leerme un poema, que iniciaba una nueva visión suya de las cosas. Sacó cuidadoso un papel doblado de su bolsillo y al abrirlo, en vez de poema, había un agujero. Se quedó atónito, más que yo. Se lo había comido. Yo sabía, por los libros que le prestaba, que él roía el papel, pero en los libros lo que roía eran las márjenes hasta dejarlos como países de abanico. Pero en su poema se había comido el poema (…) Cuando me mandó a Noguer (1912) “Campos de Castilla”, tuve una estraña sensación de malestar. El libro, por fuera, era ya seco y pardo, y al hojearlo me parecía como si Antonio Machado se hubiese pasado de una España interior, de ritmo invisible, a una demasiado visible, demasiado palpable, casticista, es decir, convenida y de mayoría. Una raíz, una reciedumbre, una raigambre, una mancera, que iban bien con la voz engolada aquella que no servía para su otra poesía. Esta poesía y esta voz le trajeron una celebridad mayor y triste para mí. Y lo que yo quería de Antonio Machado era el río interior de su juventud, aquella fuente profunda y misteriosa que era, sin duda, lo que correspondía a la voz sencilla y natural que no le oía nunca.”

Poema de Antonio titulado: "Limpio y claro"

Todo desaparecerá el día que me muera,
o el día que mi alma se derrita (que es lo mismo),
o el día que mis versos me contemplen,
en picado,
asomados a la fosa donde meterán mi caja.

Qué será de mis libros, pobrecillos
(aunque es difícil que lleguen a estar más apretados),
qué será del viejo costurero,
siempre olvidado,
donde guardo esos objetos tan sencillos (alguien diría viles)
que me fueron (ellos a mí) coleccionando.

Dinero, poco dejaré: recuerdos
creo que sí
(¿o soy sólo yo quien recuerda?).
Nada me pareció siempre
más extraño
que el hombre que moría sin un llanto a su lado.

Hermético no moriré, siempre limpio
y claro.
Nadie buscará en mí resplandecientes claves,
misterios, viudas secretas
o lugares apartados.
Los profetas morirán de hambre y los arqueólogos de hastío.

Poema de Antonio titulado: "Jerusalén"

... Y hay un camino que lleva a Jerusalén,
y en cada revuelta un hombre,
y en cada hombre un alejamiento
donde el jubón deja al aire una corazonada,
y en la distancia otra ciudad difusa
donde algún día el dios y yo nos encontraremos.

Poema titulado: "Nahal" (animal que, según los mayas, te acompaña desde que naces hasta la muerte)

¿Qué animal será el mío, que se me escapa?

Sin duda será animal pequeño,
quizás insecto,
quizás se me escapa porque es rápido, y yo lento,
quizás nuestras sombras apenas se cruzan.

Sin duda será pez, o pájaro de rama baja
(más que nada por el vértigo que me daría
tener o ser un ave exagerada),
sin duda gorrión vulgar tirando a obeso.

Quizás yo sea el nahal de mi animal,
y éste sea el mundo, todo fauna.
¿Nacimos a la vez el mundo y yo, por ello somos
(diría un filósofo de esos que no ríen)?

Poema de Antonio titulado: "Iconostasis"

Allá, donde todos ponemos nuestros recuerdos,
donde los colgamos del clavo
roñoso del olvido,
donde nunca miramos por si nos vuelven a herir
o a dar placer, o a hacer reir,

allá, donde todo es peligroso
porque nos haría jóvenes y débiles de nuevo,
donde se quedaron los amigos y los borradores
del amor (siempre arrugados y víctimas
del difumino de los años),

allá, donde todas las grietas son del tiempo
y todas las penas (qué remedio) llevaderas,
allá seguimos habitando mientras el día
siguiente nunca llega,
tal vez porque la fecha sin ayer no existe.

Poema de Antonio titulado: "Ichneumon"

Me levanté de su trono para el saqueo de tu nido.
Tenía los dientes blancos y el pelo sucio.
Tú eras el caos, yo el esquema,
y en tus plumas había luz y cacería.

Trepaba por papiros como quien trepa por una cadena.
A ti me encaramé para absorberte,
y al final tú me llevaste al desierto del desorden,
donde nos amamos cerca de cuatro mil años.

Apunte en prosa poética sobre el asesinato de Hoyo de Manzanares:

Aquel amigo que no lo era pero lo parecía, que se aburría con todos en verano, adolescente sentado en cada valla derruida del estío, una mañana degolló a una anciana para robarle cuatro perras.

Aquel amigo que no lo era, asesino confeso, nos dejó las manos manchadas de rumores y una sensación de esguince en la inocencia: tan escorzada quedó la víctima en las fotos que sacó el guardia civil desde la puerta (no quiso dar un paso hacia la sangre porque la sangre es algo que te empapa, más que la suela del zapato, la existencia).

Poema de Antonio titulado: "Arrepentimiento"

Tú lo quisiste así: no te arrepientas.
Como la lluvia que inunda el surco y lo destruye.
Como la lluvia que rompe la cobija de piedra
a fuerza de caer siglo tras siglo.

Nadie te pedirá una excusa (nadie un consejo).
Eres la lluvia fina que salpica el lienzo
sorprendido en el sobrado,
eres la lluvia basta que lo arrasa.

Poema de Antonio titulado: "Horror vacui"

¿Y si nos vamos?
¿Y si dejamos todas nuestras cosas,
las bellas y las otras (las tristes),
a nuestros acreedores (quién no los tiene en sus recuerdos),
y nos vamos a vivir mil años más allá, más lejos,
donde nadie tenga en su boca más que cánticos
sencillos y rosados?

¿Cuándo lo haremos?
¿Lo haremos todos de golpe? Esa riada
nos llevará a todos hasta un futuro sin objetos,
sólo brazos, piernas, torsos incorruptos
en un paisaje de luz sin apenas violencia
ni gestos.

¿Finalmente, nos agolparemos
al pie de un leño, de una palmera, de una encina sagrada?
Quiera el dios de los sinceros
que este montón de hombres y de sombras
no acabe pareciendo una gran tumba
colectiva o un inmenso y blando
montón de miedos.

Capitel con ángel

Capitel con ángel
Museo de Arte Cristiano y Bizantino de Atenas

Poema de Antonio titulado: "Angel de plumaje blanco"

Cuando yo muera,
¿qué saldrá por mi boca, abierta desde aquel amanecer?

Cuando me muera,
¿qué ángel de plumaje blanco? ¿Cuántos buitres desatentos?

Cuando muera,
¿él me abandonará, como me abandonaste tú, oh diosa, Poesía?